«El arquitecto de Nueva York». El arquitecto olvidado en su tierra natal ….

Rafael Guastavino, conocido como el arquitecto de Nueva York era Valenciano y formado en Barcelona.

El olvidado arquitecto valenciano que huyó de España y construyó media ciudad de Nueva York

El arquitecto español es responsable de mil edificios históricos de Estados Unidos, algunos tan importantes como la Grand Central Terminal, de los cuales hoy todavía siguen en pie unos 600. En Estados Unidos alcanzó la fama a finales del siglo XIX y fue admirado después por personalidades de la talla de Jacqueline Kennedy, sin que en su país natal supiéramos de su existencia hasta 2016.

Rafael Guastavino, en una imagen de 1869

«El arquitecto de Nueva York». Así le apodó «The New York Times» cuando falleció el 2 de febrero de 1908, cuando contaba con tan solo 66 años. Quién sabe de qué hubiera sido capaz este incansable trabajador valenciano si hubiera vivido veinte años más, tras alcanzar la fama en Estados Unidos, sin que en España se le hiciera el más mínimo caso hasta más de un siglo después.

Su estrategia para conseguir trabajo fue trabajar gratis (algo que hoy, para muchos jóvenes, parece que tenga que ser una «explotación»)

360 edificios en Nueva York

Lo que parece ignorar casi todo el mundo actualmente, sin embargo, es que Guastavino es el responsable de 360 edificios en Nueva York, más de un centenar en Boston y otros tantos en Baltimore, Washington y Filadelfia, además de algunas ciudades de Canadá y Cuba. Todo ello desde que empezó a trabajar como arquitecto en su ciudad natal en 1866, tras aprender el oficio en la escuela de Maestros de Obras de Barcelona.

Llegó a la Gran Manzana a comienzos de 1881 junto a su hijo de nueve años, con 40.000 dólares en la maleta y sin saber una palabra de inglés. Le acompañaban su ama de llaves y las dos niñas de ésta. Se cree que huyó de España y se refugió en Estados Unidos por una serie de problemas personales. En concreto, sus continuas infidelidades y el hecho de que, a raíz de estas, su mujer le abandonara y se marchara a Argentina con sus otros dos hijos. Aquello hizo crecer su descrédito social en Barcelona, donde ya era un arquitecto respetado y consolidado por las sensacionales obras de la fábrica textil Batlló y el Teatro La Massa, en Vilassar de Dalt.

El arquitecto valenciano pensó entonces que su carrera se vería afectada por aquellos escándalos y decidió marcharse a la Gran Manzana. Tal fue su convencimiento que jamás volvería a pisar suelo español, encarnando como pocos el sueño americano. Algo que él mismo buscó desde el inicio de su carrera había, participando en todo tipo de exposiciones nacionales e internacionales. De hecho, ya había estado en Estados Unidos en 1876 para participar con gran éxito en la Exposición del Centenario de Filadelfia.

Fue contratado por el estudio de arquitectura más importante de la época ( McKim, Mead & White), a los que se ofreció para construir gratis la bóveda de la Biblioteca Pública de Boston con su técnica, la primera pública y municipal de América del Norte

Estación de City Hall

Al otro lado del Atántico vendió las bondades de la bóveda tabicada española, un sistema de construcción muy popular en el que se utilizan capas de ladrillos finos para construir estructuras muy ligeras, pero de gran resistencia. Esa fue su tarjeta de entrada cuando llegó a Nueva York en un momento crítico en la historia de la arquitectura, después de los incendios gigantescos sufridos en Chicago y Boston en 1871 y 1872.

Aquella tragedia produjo 300 muertos, arrasó 76 edificios y 26 hectáreas del centro de ambas ciudades y dejó a más de 10.000 personas sin hogar. Tal fue la tragedia que pronto se puso en tela de juicio la seguridad de las estructuras de madera con las que se construían la mayoría de los edificios. Así que él trajo la solución: una versión mejorada de las bóvedas tabicadas que había presentado en Filadelfia, con piezas cerámicas planas que se empleaban desde tiempos antiguos en la arquitectura del Mediterráneo, pero más baratas, rápidas de construir, sólidas y, sobre todo, ignífugas. Con esta última característica se dice que salvó la vida a miles de estadounidenses.

La intención de Guastavino al llegar a Estados Unidos fue la de hacerse un hueco como arquitecto y lograr el mismo prestigio que tenía en la Comunidad Valenciana y Barcelona. Consiguió firmar algunos proyectos, pero la suerte no le sonrió mucho en este sentido. La verdadera oportunidad no le llegó hasta un tiempo después, cuando fue contratado por el estudio de arquitectura más importante de la época ( McKim, Mead & White), a los que se ofreció para construir gratis la bóveda de la Biblioteca Pública de Boston con su técnica, la primera pública y municipal de América del Norte.

La demostración pública

Fue una hábil estrategia del arquitecto valenciano, puesto que sabía que aquello le daría la fama que necesitaba para que le surgieran más trabajos como aquel. Como revela el documental dirigido por Eva Vizcarra, « El arquitecto de Nueva York» (2016) –en referencia al calificativo del «The New York Times»–, Guastavino construyó aquella bóveda en un lugar público, llamó a la prensa y le prendió fuego para demostrar que era resistente a la llamas. Así consiguió captar la atención de los medios y las constructoras.

Y lo consiguió, porque los contratos a partir de ese momento fueron cada vez más numerosos e importantes. Y las aportaciones tanto de Rafael Guastavino como de su hijo, que heredó la empresa que mondo (Guastavino Fireproof Construction Company) y siguió trabajando bajo el mismo nombre hasta 1962, impresionantes. Antes de que acabara el siglo XIX, montó también una fábrica a las afueras de Boston para elaborar los ladrillos y azulejos policromados y ya era la responsable de la espectacular Sala de Registro del edificio de inmigración de la isla de Ellis (1900), que se construyó para reemplazar el anterior de madera que habían sufrido un incendio en 1897. Resulta curioso pensar que aquel inmigrante español fuera el autor de la impresionante bóveda que se constituyó como puerta de entrada al país de millones de inmigrantes hasta hace no mucho.

A estas se sumaron otras mucha proezas, entre las que había bibliotecas, iglesias, edificios gubernamentales, museos, universidades, auditorios, estaciones de metro y ferrocarril, puentes, túneles, hoteles y edificios privados. Al final acabó superando los mil edificios en todo el continente americano, de los cuales hoy todavía siguen en pie unos 600. Para que se hagan una idea, en 1910 participaba simultáneamente en la construcción de 100 de estas construcciones en 12 ciudades diferentes de Estados Unidos.

Grand Central Terminal

Las aportaciones de este arquitecto valenciano son tan impresionantes que sorprende su falta de reconocimiento. Hasta 1972 no es citado en ningún libro de arquitectura y la primera tesis sobre su obra no se realizó hasta 2004. En 2008 se le dedicó una exposición en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). En 2014, otra en el Museo de la Ciudad de Nueva York, bajo el nombre de «Palacios para el pueblo: Guastavino y el arte del alicatado». Ninguna en España, donde por lo menos se rodó el documental de Eva Vizcarra.

La mayoría de los edificios que construyó están en Boston y, sobre todo, en Nueva York. Dicen que resulta imposible escapar de la sombra de sus edificios si uno pasea por la Gran Manzana. El archiconocido Oyster Bar & Restaurant y la contigua «Galería de los Susurros» de la Grand Central Terminal de Nueva York, que cada año recorren millones de turistas, son suyas. Esta última, además, era el rincón preferido del mito del jazz Charles Mingus. También se puede ver su mano en la Sinagoga Emanu-El y en la catedral de San Juan el Divino, que contiene muchas bóvedas y escaleras de Guastavino, además de la gran cúpula central de teja, con sus 33 metros de luz y 50 de altura aún imperturbable a pesar de las críticas en los periódicos de la época.

Se pueden destacar, asimismo, su intervención en la Iglesia Episcopal de San Bartolomé, ubicada en la Quinta Avenida; en el famoso Hospital Monte Sinaí, aquel que inmortalizó el escritor José Luis Sampedro en «Fronteras»; en la estación de metro City Hall, de 1904, hoy inactiva pero convertida hoy en un lugar de peregrinación para amantes de la arquitectura, y en las arcadas abovedadas bajo el famoso Puente de Queensboro, construido en 1909 y popularizado por Woody Allen años después en la película «Manhattan». Y no podemos olvidar la autoría de Guastavino de las bóvedas del mítico Carnegie Hall y las del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York, o las del edificio de la Corte Suprema de Estados Unidos, en Washington.

Jacqueline Kennedy Onassis

El reciente descubrimiento de los restos en la estación Pensilvania ha hecho reflotar de nuevo su figura de cara al gran público, aunque sin alcanzar la notoriedad de otros arquitectos como Santiago Calatrava. Pero lo cierto es que todo el mundo coincide en que, sin Guastavino, muchos edificios históricos de Estados Unidos se habrían perdido .

El dramático derrumbe de esta joya de la arquitectura, construida en 1910, cuya desaparición los neoyorquinos aún lamentan, permitió salvar la estación Gran Central. Fue a raíz de una campaña liderada nada menos que por Jacqueline Kennedy Onassis, la cual acabó ante el Tribunal Supremo. En junio de 1978, la justicia prohibió su demolición y sentó las bases para las futuras leyes de protección del patrimonio.

 

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